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Cómo Game of Thrones ha transformado nuestra realidad, por Jaime Bedoya

Hace ocho años el mundo era distinto sin Juego de Tronos y hoy, que nos encontramos cerca a su final, solo queda notar cómo esta serie ha transformado nuestra realidad. 

Todos éramos un poco más inocentes, o incautos, en abril de 2011. Osama bin Laden seguía escondido en algún lugar de Pakistán. Como si fuera necesario, un nuevo reality —Combate— presentaba jóvenes en poca ropa sometidos a retos intelectuales como hacer torres con vasitos plásticos. Adele cantaba sus baladas de venganza y vete al diablo en los días en que aún no existía el #MeToo, y los hombres nos comportábamos con tendencia a una patanería que creíamos normal.

Entre el triunfalismo y el pánico, Keiko Fujimori y Ollanta Humala Tasso pasaban a la segunda vuelta electoral. El flamante Nobel de literatura Mario Vargas Llosa describía esta alternativa electoral como tener que elegir entre el sida o el cáncer. Detrás de estas enfermedades metaforizadas quedaría en tercer lugar el bonachón economista y astuto financista que sus allegados cariñosamente llamaban por sus siglas en inglés. PiPiKei.

Eso sucedía hace ocho años, que es cuando HBO estrenaba con discreto entusiasmo una serie basada en la saga de Canción de hielo y fuego. Esta fantasía literaria de George Martin pasaba absolutamente desapercibida para quien no pensara que los dragones y la magia negra eran estupendos sucedáneos a una relación sentimental.

Se anunció al primer miembro del elenco: un anónimo actor norteamericano de 1,35 cm de estatura. Peter Dinklage sería el pequeño estratega, cerebral, ebrio y mujeriego, de la casa Lannister.

Hasta ese día Dinklage, además de pequeño, era pobre. Vivía de ensaladas en un edificio infestado con ratas. Pero defendía su dignidad con altura. Se negaba a aceptar papeles de gnomo, que eran el 99 % de las propuestas laborales que le llegaban. Mataba el tiempo como frontman de su grupo punk Whizzy. En uno de esos conciertos la baja estatura lo traicionó al ponerlo al nivel de la rodilla de un danzante de pogo. Resultado: una cicatriz recorre su cara desde el cuello hasta la ceja. Mandada a hacer para un papel actoral retorcido.

La propuesta de Juego de tronos era, otra vez, hacer de enano. Pero el personaje era inmenso, alejado de estereotipos y encasillamientos. El hambre apretaba así que pidió por lo menos un requisito. No tener que usar botas puntiagudas como las de los duendes ayudantes de Papá Noel. El personaje de Tyrion Lannister ha sobrevivido siete temporadas en una serie en la que se calcula han fallecido 174.000 personajes.

Si sé y me interesan estos datos irrelevantes es porque desde hace ocho años milito en la legión solitaria y noctámbula de seguidores de Juego de tronos. Cada uno de nosotros —los nerds, los pavos, los monses— practicamos la fiel observancia del código moral de este universo imaginario donde la intriga y la lealtad pueden ser caras de una misma moneda. Esta aparente contradicción está resuelta en el saludo dicho en Alto Valyrio que recorre Westeros, mundo inexistente habitado por millones de televidentes.

Ante el saludo de valar morghulis (todo hombre debe morir) se debe responder con valar dohaeris (todo hombre debe servir). Darle propósito a la vida justifica la inevitabilidad de la muerte.

No siempre es todo tan serio. Sigue siendo solo un programa de televisión. Por eso cuando Emilia Clarke, disfrazada con esas capas que en realidad son alfombras de IKEA intervenidas (sic), se pone seria en primer plano y dice:

Soy Daenerys Targaryen de la Tormenta, la que no arde, rompedora de cadenas, madre de dragones, Khaleesi de los Dothraki, Reina de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos

igual se nos pone la piel de gallina y murmuramos a la orden, mi reina, ante una pantalla inanimada.

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