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Sofía Mulanovich: las fotos inéditas de cuando tenía 11 años y ya soñaba con ser campeona

Nuestra campeona, Sofía Mulanovich, se quedó con la medalla de oro en el Mundial ISA Surf Japón 2019. En 1994 fue portada por primera vez de Somos y aquí recordamos las fotos de aquella inolvidable sesión 

Esta nota fue escrita por Armando Millán y publicada el 10 de diciembre de 1994 en la edición impresa de la revista Somos.

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Sofía Mulanovich vive en Punta Hermosa. La vida de ella y su familia transcurre todo el año en la playa. Ya están acostumbrados al frío y calor estacionales. Su casa es bonita, amplia, alfombrada. Los cojines en el piso son inmensos. Un lugar sofisticado a la vez que cómodo. 

Por eso la casa de los Mulanovich se convierte en una casa colectiva cada verano, con gente entrando y saliendo por todos lados. Siempre repleta, aunque los anfitriones duden de haberlos invitados alguna vez. A muchas de esas personas Sofía nunca las ha visto en su vida, pero están ahí en su casa con ropa de baño naranja, verde oliva o celeste, dando vueltas, conversando, riéndose. Los observa, deben ser amigos de sus papás o tal vez de sus hermanos, Herbert-hijo y Matías. 

Sofía solo tiene 11 años. Pero son suficientes para haber literalmente arrasado con los campeonatos de tabla durante 1993 y 1994. El Interclubs, el Seven-Up, el Olas y varias veces el Guaraná Backus. Claro que no son muchas las participantes femeninas en los torneos de tabla. Ellas compiten bajo el rubro 'mujeres', pero a veces Sofía se mide con hombres de su misma categoría, aunque a ellos no los puede superar. Con todo, su colección alcanza hasta ahora 11 copas en torneos nacionales. 

Todos tablistas
​Es lógico que a Sofía le encante el mar. Su abuelo, su papá, su mamá, su hermano mayor, todos son tablistas. Prácticamente nació en Punta Hermosa. A los dos años ya daba sus primeras brazadas en la academia de Tater Ledgard. Era un tiempo compartido entre la natación y aprender a hablar. No muchos años después se subía a una tabla y corría olas por primera vez en Máncora. 

Siendo muy pequeña, recuerda, lo que le atraía del mar eran las olas, aunque al mismo tiempo le temía a las más grandes. En Máncora, sin embargo, no había mucho problema. Son buenas olas, no revuelcan fuerte, ideales para debutantes. Desde allí ya no para. Se convirtió en una de las pocas chicas tablistas que hay en nuestro medio con la adrenalina al tope. Si no, no se podría entender que le encanta la morey o hacer snowboard -surf en nieve- cuando hay ocasión. O que religiosamente se prepare y entrene con Roberto 'Muelas' Meza, conocido tablista nacional. 

De familia
​Herbert-papá trabaja en una granja cercana a Punta Hermosa. Es avicultor y cría ganado, toros más que nada. Hace 17 años, cuando Inés Aljovín aceptó estar con él toda la vida, se instalaron en la casa de playa. Desde entonces, Punta Hermosa no ha sufrido demasiados cambios. Solo un par de edificios recientes. En los setentas era el balneario de moda de los surfers y la clase media alta limeña. 

Fue en esos años que los enamorados viajaron a Hawai. Las olas eran increíbles. Inés no corría tabla en esa época, solo miraba, pero Herbert-papá sí se metió. Fue una de las mejores experiencias de su vida, casi tan fantástica como la vez que corrió en las playas de Indonesia. 

Todos los días Inés maneja su Mercedes Station Wagon del 82 hasta Lima. Sus hijos tienen que ir al colegio, ella presentarse en el trabajo. La rutina se inicia a las seis, hora en que todos deben despertarse. El camino no es demasiado largo pero quién sabe qué puede pasar en la carretera. A Inés no le gusta la saturación de combis que hacen el trayecto, sabe que corren demasiado, que son unos locos manejando. Por eso cuando Herbert-hijo quiere regresar de Lima para correr y ella no lo puede llevar, le pone 'peros' para que regrese solo, lo retrasa, no le gusta. 

Sofía llega a tiempo a su colegio -el San Silvestre- todas las mañanas. Ahí se encuentra con Francesca Fernandini para iniciar el día escolar. Han viajado juntas varias veces, la ha llevado a Máncora, incluso a Chile. A eso de las tres de la tarde, el chofer la recoge del colegio y la lleva a la casa de su abuela. Dependiendo del día, asistirá a las sesiones de natación con Tater, que no ha abandonado desde sus ya lejanos dos años. 

Cinco de la tarde y ya está de regreso en Punta Hermosa. Más tarde se prenderá del televisor con Tres por tres, Baywatch -por supuesto-, El príncipe del rap y hasta Gorrión. 

Otra tarde puede transcurrir escuchando música de Aerosmith, Counting Crows o Extreme. Pero el fin de semana será dedicado totalmente a la playa, a correr olas desde temprano cuando la gente está durmiendo, o en la tarde, cuando ya todos se han ido a casa. Esa es su pasión, el vicio que ha recibido como herencia familiar... 

Sofía se detiene frente al ventanal de su casa repleta de gente y mira el mar, donde unos cuantos tablistas intentan sacarle partido a un oleaje demasiado tranquilo. Trata de identificar a alguno de los que hacen maniobras, pero están muy lejos. Ese sol que prometía quemar desde la mañana acaba de esconderse. Un día de playa que no se muestra propicio. 

- ¿Quieres una limonada? 
- Mmmm... ya pues, bacán.


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