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Daniel Peredo, un año después: el último heredero de 'El Veco' y 'Pocho'

Hoy se cumple un año de la partida de Daniel Peredo, banda sonora de la selección peruana en su regreso a los Mundiales. Fue reportero, escritor, comentarista, y, sobre todo, maestro de un par de generaciones de periodistas deportivos que crecieron escuchándolo.

Daniel Peredo

Tenía 48 años, acababa de relatar el clásico Alianza vs. Cristal y jugaba una pichanga con sus amigos. Un paro cardíaco apagó su corazón, pero no su voz. (Foto: Allen Quintana)

Parado en lo más alto de la serpiente de cemento que separa el palco de prensa en el Monumental de los accesos de occidente, Daniel Peredo se ha detenido. Tiene saco, corbata, camisa y zapatillas. Es el look de la TV y él es la TV: narrador de los partidos oficiales de Perú –en las malas, cuando no había Mundial–, los domingos sin selección Peredo es la voz del torneo local. Allí, en la cima, se lo ve más grande de lo que en realidad es, con su 1,67 m. Mientras el muchacho sube apurado para encontrarlo, con el recorte dobladito de El Comercio de un largo retrato de Ricardo Gareca que por primera vez lleva su firma, lo asalta el miedo natural de los principiantes ante una celebridad, el pánico delante del hombre al que leía (recitaba) en la revista Once. Piensa: “¿Y si me manda al diablo?”. El muchacho camina despacio, a los tumbos casi, hasta que llega y le da la mano, minutos antes del U vs. Cienciano del Apertura 2008. Pero no es él quien se adelanta:

–Hola, compare; soy Daniel Peredo. Buena chamba, te felicito.

Allí, en la cima, se ve más grande de lo que en realidad es.

EL PERIODISTA
Aunque reporteó, escribió, opinó, narró y salió en la tele, Daniel Peredo era, por encima de todo, periodista. Lo decía con orgullo cuando dictaba clases, lo escribía con seguridad en la tarjeta de migraciones. Un sabueso que se hacía del contacto más rebuscado para contrastar una información que escuchaba, miraba o recibía. Un comunicador de la vieja escuela que nunca publicó un texto o dijo algo en la radio sin antes averiguar. Y en P eso no tenía límites: si había que llamar al presidente de la FPF de madrugada, llamaba. Si tenía un dato por contrastar, jodía. Y si debía esperar por confirmar una primicia, no se hacía problema. Se aguantaba el fastidio de su esposa y sus hijas, que siempre debían esperar, pues papá tenía una llamada. Un chat. Un whatsapp. Porque una primicia solo era verdad si la tuiteaba Daniel.

once machos

SU ONCE. Peredo era un actor frustrado, según contaba. Once machos, de Aldo Miyashiro,
le cumplió el sueño.

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EL MAESTRO
Para este trabajo –me dijo una vez– uno tiene que hacer tres cosas bien: saber preguntar, saber contar y saber leer. En ese sentido, aprendió de los mejores. Y lo aplicó, siempre. Y lo enseñó. De Eduardo San Román, a quien seguía en el set de Goles en acción, allá por 1996, el astuto don de escuchar cuando se entrevista. De ‘El Veco’, el notable cronista uruguayo que lo invitaba a su casa por la tarde antes de su show en RPP, la certeza de que un dato frío no sirve de nada sin contexto, que no hay historia posible sin personajes que hacen goles y, sobre todo, se los fallan. Y de su viejo chiclayano, con quien hoy discute la lista de 23 jugadores al Mundial en el cielo, que lo único que te puede hacer volar es un buen libro. Y él escribió dos.

LA VOZ
La inmensa pena del país futbolero no es gratuita: Peredo se lo ganó a punta de trabajo. Con una chapa irónica con la que bautizaba desde el anonimato en la columna de El Bocón, la más leída en la historia del periodismo deportivo peruano desde ‘Pocho’ –’Delfinosaurio’ a Delfino, ‘Kímbara’ a Waldir, o ‘La Tía’ a Oblitas–; con una crónica de vestuario como se hacía en El Gráfico de Argentina; o con los huevos de Vargas y el corazón de todos, desde esa voz que no alcanzaba timbre de tenor. Con sus frases y sus datos caletas. Con su don para caer bien en Matute y en Oh Diosas, y su versatilidad para darse el lujo de hacer cine, su última aventura. Pero fue ese deseo de aprender a diario lo que, quienes tuvimos la suerte de conocerlo, vamos a extrañarle. Carlos Salas era el editor de DT en 2009, cuando se le ocurrió convencerlo de volver a escribir. Le gustó la idea, pese a que debía retroceder 15 años. Y un Peredo ya famoso volvió a empezar: aceptó correctores de estilo, diagramadores crueles, cierres de medianoche, saltos de género de un día al otro y él, sin una sola cara larga, devolvió el rigor con gentileza y se portó como un dandy, como si aún tuviera algo que demostrar:

–Por favor, muchachos, última corrección. Ayúdenme con la nueva versión en PDF antes de salir al programa.

Al día siguiente, de su nota se hablaba un mes.

No es un partido de la selección en el Mundial: así fue la despedida popular de Daniel Peredo en el Estadio Nacional, su casa. Más de 10 mil personas le cantaron, le aplaudieron y le dieron las gracias.

No es un partido de la selección en el Mundial: así fue la despedida popular de Daniel Peredo en el Estadio Nacional, su casa. Más de 10 mil personas le cantaron, le aplaudieron y le dieron las gracias.

ADIÓS, DANIEL
Ahora que se ha ido, sin cumplir el sueño de narrar a Perú en un Mundial, la tristeza es tan grande que dudo si nos alcance el tiempo hasta junio para recuperarnos. Dudo de que alcance con darle F5 al patadón de Farfán en YouTube. Y me pregunto cómo vamos a gritar el esperado gol de la selección en Rusia si ya no tenemos voz. Lo dijo mejor un hombre de unos 45 años a su hijo de 10, la noche del velorio en Virgen de Fátima de Miraflores, mientras contaba los arreglos florales uno a uno, asombrado por el cariño.

–Papá, ¿cuántos goles hizo Peredo con la selección?
–Ninguno, hijo.

Pero nadie los gritó como él. Nos vemos, Daniel. No sé si es justo. Solo sé que es cierto. //

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