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Eric Clapton: los 74 años de un grande de la música marcado por el dolor y la tragedia

"Pese a todo, Eric, alcohólico, fumador de heroína y cocainómano, nunca perdió la noción del buen camino en lo musical. Desde los 17 años y expulsado de todas las escuelas, ya tocaba con John Mayall y luego con los Yardbirds"

El cantautor británico Eric Clapton cumple hoy 74 años. El segundo mejor guitarrista de todos los tiempos después de Hendrix, según la revista Rolling Stone, sigue activo, regalándonos música “hecha en serio”. Pero quienes conocen su biografía saben también que se trata de 74 años vividos con mucho dolor y llenos de tragedias. Habría que comenzar diciendo que su canción My Father’s Eyes realmente está dedicada a su abuelo.

La explicación está en la historia que salió a la luz para Eric cuando tenía apenas nueve años: la persona a la que llamaba ‘papá’ era en realidad su abuelo y su ‘hermana’, su madre biológica. Resulta que la mamá del músico había quedado embarazada muy joven de un piloto canadiense casado, que la abandonó. Entonces los abuelos decidieron tomar el rol de padres y mentirle a Eric. Además, su madre se enamoró de otro piloto y se fue a vivir a Canadá. Sin él, obviamente.

Su infancia fue muy dura. A pesar de esto, Eric logró salir adelante gracias a la música. En ella desahogaba sus sentimientos. Pero el caos fue una constante en su vida, como si la situación límite fuera su hábitat. Su medio hermano canadiense murió en un accidente de motocicleta, en 1974, por ejemplo.

Clapton se enamoró perdidamente de su primera esposa, Pattie Boyd, cuando ella aún estaba casada con su gran amigo George Harrison. Un día le contaron la historia de la antigua princesa árabe Layla. Clapton se identificó tanto con la historia que la mezcló con su drama romántico y compuso el clásico Layla, en 1971, para la aún casada Pattie. Las infidelidades del Beatle y la canción Lay-la la llevaron a los brazos de Clapton.

Pese a todo, Eric, alcohólico, fumador de heroína y cocainómano, nunca perdió la noción del buen camino en lo musical. Desde los 17 años y expulsado de todas las escuelas, ya tocaba con John Mayall y luego con los Yardbirds. Desde esa época se ganó el apelativo de ‘Slowhand’ por su sutileza al tocar. Ha colaborado siempre con artistas de alto reconocimiento. Su primera vez fue en diciembre de 1967, cuando tenía apenas 22 años y formaba parte del revolucionario trío llamado Cream. Lo llevaron a un estudio en Estados Unidos para que grabase una parte de guitarra para la canción Good To Me As I Am To You, de la reina del soul, Aretha Franklin. Si escuchan la canción, es notable cómo Clapton hace literalmente cantar a la guitarra. Luego soleó While My Guitar Gently Weeps, de los Beatles, y el resto es historia.

Clapton es uno de los pocos músicos de élite con éxito en lo popular. Escogía muy bien los covers de otros artistas y los llevaba al Olimpo. Una muestra de ello fue su versión de I Shot the Sheriff, de un entonces desconocido jamaicano llamado Bob Marley. Esto le abrió las puertas de Europa al músico rastafari. También tiene una infinidad de álbumes y presentaciones con los principales blueseros afroamericanos de la historia, como B. B. King o Buddy Guy.

Pero otro golpe llegaría. Conor, su segundo hijo y de apenas cuatro años, cayó accidentalmente de su departamento, en el piso 53 de un edificio en Nueva York. Poco después, con el apoyo del compositor Will Jennings, compone quizá su balada más reconocida: Tears in Heaven, que llegó al segundo puesto del Hot 100 de Billboard y consiguió tres premios Grammy. Esa canción, que inicialmente se negó a promocionar, lo ayudó a afrontar la etapa más dura de su vida. Él dice: “Nunca fue para el público, sino para evitar volverme loco”.

Hoy Clapton asegura sufrir de neuropatía periférica, dolencia que parte de la columna y se extiende hacia los dedos. “Es difícil trabajar tocando la guitarra lidiando con el dolor y saber que es incurable” ha confesado. También el año pasado admitió sufrir de sordera por tinnitus, una enfermedad que produce ruidos insoportables generados por el propio tímpano. Sea como fuere, el escenario es el espacio en el que finalmente halla la armonía que tanto le ha sido esquiva. Feliz cumpleaños, ‘Slowhand’. //

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Pedro Suárez-Vértiz


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