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No es solo un corte de pelo, por Lorena Salmón

"Poder realizarte un cambio de look, cuyo resultado ves de inmediato, es un recordatorio de que tú tienes el poder". La columna de Lorena Salmón

Lorena Salmón

No es solo un corte de pelo, por Lorena Salmón. ILUSTRACIÓN: Nadia Santos.

Me corto el pelo una y otra vez…
Me quiero defender...
Dame mi alma y déjame en paz...

Esa canción, ese clásico imbatible del pop español, creado por Manolo García y Quimi Portet, se convertiría en un himno de vida. En los gritos secos en el carro, en la música de fondo de la mayoría de mis días.

Fue saliendo del colegio que decidí cortarme, por primera vez, el pelo chiquitito, como hombre. En los años 90, la moda del pelo pixie había cobrado furor con Winona Ryder. Y yo quería ser como Winona, con todas su tribulaciones internas incluidas. Quería liberarme de mi pelo y, con él, también de mis penas.

A cada desamor, un corte. En cada momento de tristeza, otro. El cortarme el pelo chiquito era una herramienta de liberación, una respuesta a cada situación emocional de vulnerabilidad y de necesidad de dejar. Así, me la pasé llevando el pelo corto durante años, como una suerte de terapia de profilaxis.

No es raro: despojarte de tu cabello produce un poderoso efecto, el poder convertirte con ese solo acto en otra persona. El poder dejar atrás.

La verdad es que se siente bien. Se siente rico. Y la ciencia lo tiene comprobado. Poder realizarte un cambio de look, cuyo resultado ves de inmediato, es un recordatorio de que tú tienes el poder. Tú tienes el control. Y no solo eso: también estás comunicando algo; si no, pregúntenle a Britney Spears.

Me corto el cabello hace más o menos siete años con el mismo estilista: un italiano simpatiquísimo que llegó al país junto a su padre, también estilista, para hacer obra social y se quedó aquí. Me lo presentó un amigo en común que me llevó a sus manos y tijeras con la urgencia de un cambio de look. Desde ese día hasta ahora, solo una vez me he cortado con otro y casi lo sentí traición. Francesco, que así se llama, toma más de una hora en cambiarte el look. Lo hace con tanta atención, cuidado y cariño que es imposible que el resultado no sea otro que magnífico (cuidado, eso sí, con darle mucha libertad, porque le encantan los cortes audaces y muy asimétricos).

La semana anterior pasé por su sitio. No lo veía hacía más de un año y la última vez solo había retocado las puntas. Yo, en ese entonces, tenía el pelo largo, con volumen. Estaba feliz así.

Esta vez lo buscaba para un cambio. Desde hace ya un par de meses que se me está cayendo el cabello dramáticamente y, a pesar de plasmas capilares, biotin de 10.000 y otras vitaminas en mi dieta, nada. A mechones enteros es el trauma y tengo registro fotográfico, por si las dudas. Esto pasó después de que mi padre saliera de la clínica. Me imagino un poscuadro de estrés máximo. Pero desde entonces, no para de caerse.

Esa fue la razón principal de querer cortarme el pelo chiquito de nuevo. Quería cortármelo todo, como cuando tenía 21 años. Mi hermana me dijo al toque: “Ni se te ocurra, Lorena”. Y no me atreví, así que busqué referencias de otros cortes cortos, pero menos drásticos (cuando uno está vulnerable emocionalmente, no es buena idea ningún cambio tan radical). No sé si es mi mente o si el corte funcionó como placebo, pero a la mañana siguiente miré mi almohada y había un solo pelo. Magia. //

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