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No se tenía que decir, y se dijo; por Andrés Calderón

Alfredo Barnechea no era un familiar, un compañero y, por lo visto el último jueves durante el velorio de Alan García, ni siquiera era su amigo. Fue apenas un candidato intoxicado por su codicia”.

Andrés Calderón Abogado. Profesor de la Universidad del Pacífico.

jajas

“Tratar de responsabilizar a los medios de comunicación, al Poder Judicial o al Gobierno por una decisión tan personal como trágica como un suicidio equivale a pregonar el extravío voluntario de escrúpulos”. (Foto: El Comercio)

No voy a analizar las motivaciones ni consecuencias del suicidio del ex presidente Alan García. No voy a desmenuzar su carta de despedida. No voy a valorar las reacciones de sus correligionarios, abogados, secretario y amigos. Por supuesto que no voy a escudriñar en los sentimientos de sus parientes, mucho menos en los de un niño de 14 años que acaba de perder a su padre. Lo que yo pueda expresar al respecto no contribuirá a lo que más quisiera que reciban en este momento: paz.

Reconozco, sí, que las noticias y los análisis no se pueden detener. En ese orden. Primero los hechos, luego las opiniones. Aprecio a quienes cumplieron la difícil tarea de informar con mesura y rigor los sucesos fatídicos del último miércoles. Aprecio aun más a quienes supieron morderse la lengua, siquiera por unos días, recordando que la crítica sesuda lo es aun más cuando es oportuna.

Hubo una persona, sin embargo, que no se aguantó. No le venció el desconsuelo de quien acaba de perder a un familiar querido. No le derrotó la pena de quien vio partir a uno de sus compañeros de mil batallas. No le ganó el desasosiego del militante en medio de una “antieuforia” colectiva. No. Alfredo Barnechea no era un familiar, un compañero y, por lo visto el último jueves durante el velorio de Alan García, ni siquiera era su amigo. Fue apenas un candidato intoxicado por su codicia.

“A ese cártel mediático que ha extorsionado al Perú y al cual cuando lleguemos al gobierno el 2021 los vamos a regular porque aquí tiene que haber libre competencia en los medios […]. ¿Qué pasa con la caída [en] las encuestas? ¿Tienen alguna relación [con la detención preliminar de Alan García]? Hay que terminar el contubernio de la mafia judicial con los improvisados del gobierno”, arengó micrófono en mano Alfredo Barnechea, mientras un coro de asistentes a las exequias del líder aprista gritaba: “Vizcarra asesino”, “Vizcarra asesino”. Todo esto incluso antes de saludar a todos los deudos de Alan García, según advirtió el propio Barnechea en su alocución.

No recuerdo haber sentido tanta vergüenza ajena en tan pocos segundos. Por el fondo, por la forma, por la oportunidad.

Tratar de responsabilizar a los medios de comunicación, al Poder Judicial o al Gobierno por una decisión tan personal como trágica como un suicidio equivale a pregonar el extravío voluntario de escrúpulos. Amenazar sin rubor a los medios de comunicación al mejor estilo de dictadores como Velasco, Castro, Chávez y Maduro es una afrenta a quienes alguna vez le ofrecieron tribuna y enmicaron su carnet de periodista. Hablar de un supuesto “cártel” y del apercibimiento de “regularlos” no solo es un contrasentido (los cárteles no se regulan, están ya prohibidos por la Constitución y la ley de libre competencia), sino también un insulto al carpintero que confeccionó su colosal biblioteca. Una ostentación de ignorancia de quien se emperejila en falsos mantos de intelectual.

Las formas y la oportunidad fueron –si acaso era posible– todavía más penosas. ¿Hasta dónde puede enajenar la avaricia de un político para vociferar “cuando seamos gobierno” en el velorio de la persona a quien supuestamente había ido a expresar su respeto? ¿Tan indomable puede llegar a ser el ego como para buscar la luz protagónica en la lobreguez de la muerte? ¿Cuán inhumano hay que ser para no respetar el dolor humano?

“El silencio en la temporada adecuada es sabiduría, y es mejor que cualquier discurso”. Habrá que recordar a Plutarco la próxima vez que un trapisondista diga algo que no se tenía que decir.

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