Evo Morales ha sabido mantenerse en el cargo gracias a la estabilidad y la bonanza que le dio el alto precio de las materias primas. Pero el copamiento de los poderes del Estado es su principal pasivo. (AP)
Evo Morales ha sabido mantenerse en el cargo gracias a la estabilidad y la bonanza que le dio el alto precio de las materias primas. Pero el copamiento de los poderes del Estado es su principal pasivo. (AP)
Gisella López Lenci

Evo Morales es un hombre de récords. Ya es el presidente de Bolivia con más años en el poder –13 años y 10 meses–, mandato que ha obtenido consecutivamente a través de las urnas, el primero de origen indígena y el único del eje bolivariano que aún se mantiene. Gracias a que, contra el trato desdeñoso que recibió desde un principio, supo manejar la economía de un país acostumbrado a las crisis, y sacó provecho de la bonanza. Algo que no pueden decir ni Brasil, ni Argentina, ni Venezuela.

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Pero su permanencia en el Palacio Quemado podría acabar pronto. Podría, en condicional. Porque este exdirigente sindical y cocalero siempre tiene un as bajo la manga.

Como el que usó para postularse por cuarta vez pese a que la Constitución se lo prohibía y a que un referéndum, que su propio partido propuso, dictaminó en el 2016 que ya no podía candidatearse. El Tribunal Constitucional boliviano señaló que era “un derecho humano” permitirle someterse otra vez al escrutinio de las urnas. Y ahí estuvo, nuevamente, haciendo campaña.

Pero la Bolivia del 2006 no es la misma que del 2019. Para bien y para mal. En 13 años, el gobierno de Evo Morales se ha desgastado. Su figura ha generado hartazgo en un sector de la población que pide cambio, pero que al mismo tiempo no quiere dejar de disfrutar del crecimiento económico que él supo administrar. Una paradoja. ¿Evo será capaz de seguir capeando el temporal, ahora que se viven épocas de vacas flacas, y la contracción económica global ya se deja sentir?

Morales está empeñado en ganar en primera vuelta para evitar un balotaje que podría hacerle perder fuelle. Para ello, debe sobrepasar el 40% de los votos válidos, y tener 10 puntos de diferencia respecto a su directo rival, el expresidente Carlos Mesa.

Carlos Mesa ha denunciado que la candidatura de Morales es ilegítima y que está compitiendo en desigualdad de condiciones. [REUTERS]
Carlos Mesa ha denunciado que la candidatura de Morales es ilegítima y que está compitiendo en desigualdad de condiciones. [REUTERS]

Las últimas encuestas indican que Evo está alrededor del 40%, pero Mesa estaría consiguiendo superar esa barrera de 10 puntos, que podría forzar la segunda vuelta. Como ya ha pasado antes, los sondeos pueden fallar y nada está dicho, por ello la incertidumbre que se vive en Bolivia sobre lo que puede pasar.

Elecciones claves

“Estos comicios son decisivos. Al oficialismo le interesa ganar en primera vuelta, porque lo más probable es que pierda de ocurrir una segunda ronda, pues de alguna manera se replicaría el escenario del referéndum del 2016. Además, hace poco ocurrió el grave desastre ecológico por los incendios forestales en la Chiquitania, que aunque tuvo que ver con condiciones climáticas, también se debió a la política de crecimiento de la frontera agrícola, por la demanda de carne y granos, sobre todo de China”, explica a este Diario el doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Mayor de San Andrés, Gonzalo Rojas Ortuste.

El abogado y analista boliviano Gonzalo Mendieta, sin embargo, considera que Morales aún conserva un alto caudal electoral. “Efectivamente, en el 2016 Evo perdió en el referéndum, pero conservando el 49% de votos para sí. Y una cosa fue enfrentarse en un referéndum donde el voto opositor estuvo unido, y otra enfrentarse ahora a un voto opositor más repartido. Y Morales todavía preserva el apoyo de las periferias urbanas y las zonas rurales. Su núcleo duro todavía le es bastante leal y eso le permite un voto seguro del 33%, que es un tercio del electorado”, afirma a El Comercio.

Evo Morales aún tiene un electorado fiel que ronda el 33%, que se ubica en la periferia urbana y las zonas rurales. [REUTERS]
Evo Morales aún tiene un electorado fiel que ronda el 33%, que se ubica en la periferia urbana y las zonas rurales. [REUTERS]

Sin embargo, la preocupación está en el respeto al voto. Lo ocurrido en la consulta popular del 2016 ya ha encendido luces rojas sobre el accionar de la justicia boliviana adecuada a las ansias del presidente de seguir en el poder. “Según la Constitución, el ente electoral es el cuarto órgano del Estado. Y se trata del ente electoral más subordinado en nuestros 37 años de democracia. Por eso, estas elecciones están tan cargadas de incertidumbre”, añade Rojas Ortuste, que no oculta su oposición al régimen de Morales.

Diferentes escenarios

De una u otra forma, el ambiente es de incertidumbre. Si Morales gana en primera vuelta, el tufillo a un presunto fraude estará en el aire, pero igual la gobernabilidad le sería más difícil si es que no consigue una mayoría contundente en el Parlamento. A esto habría que sumar el declive de la economía boliviana, tras una década de estabilidad.

“Yo comienzo a ver una cierta crisis de legitimidad, porque las clases medias-urbanas están mostrando bastante cansancio político. Por otra parte, uno se pregunta si Evo tomará medidas económicas, pues algún ajuste parece evidente, y no se sabe cómo reaccionará la sociedad. Evo ha sido un capitán de la bonanza, y él no ha vivido un escenario de crisis, entonces no sabemos si él podría sostenerse igual en cinco años porque las condiciones económicas no son las mismas. Yo no veo que vaya a ser un mandato fácil para él”, augura Mendieta.

Y del lado de Mesa, las fichas tampoco estarán de su lado pues encontrará un Estado con un alto déficit fiscal, con la economía más afectada y con altas expectativas sobre lo que será la era pos-Evo. Y un dato no menor: los sindicatos, campesinos y cocaleros, altamente politizados en estos años, no le darán tregua. Y si Mesa quiere imponer algún recorte de gastos, la reciente experiencia de Ecuador podría hacerle dar marcha atrás, lo que pondría en la cuerda floja a su gobierno. Algo que Mesa, que ya renunció antes de tiempo en el 2005, conoce muy bien.