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Crítica de arte: "Sin conocernos, sencillamente, seguimos"

El crítico de arte Max Hernández opina sobre la muestra de Rita Ponce de León.

Las 21 esculturas de madera aluden de manera simbólica a las vidas de personas del entorno de la artista.

Las 21 esculturas de madera aluden de manera simbólica a las vidas de personas del entorno de la artista.

80m2

Rita Ponce de León presenta en Sin conocernos, sencillamente, seguimos una suerte de alegato poético a favor de la serendipia en la vida y sus infinitas posibilidades.

La muestra reúne 21 esculturas de madera —la instalación principal— y una serie de dibujos en carboncillo y lápiz sobre papel. Las esculturas están formadas por grandes palos de lluvia de colores, pintados en degradé, montados sobre bases que los hacen pivotar a modo de balancín. A lo largo de estos palos hay escritas palabras y frases sueltas, como Brillo, Linaje, Enamorarse, Coles de Bruselas, Colegio feo, Amigas, Mar, Campamento, Primer grado, Sandía, Novela, entre otras.

Cada texto enigmático es en realidad un relato sintético de la vida de una persona del entorno de la artista. Cada pieza alude de forma simbólica a la vida de uno de los participantes del proyecto de Ponce de León, en el que pidió a un grupo de gente cercana que resuma su historia personal, que convirtió en hitos biográficos no narrativos para ser inscritos sobre las varas de madera (una estrategia que recuerda los retratos textuales de Félix González-Torres en los que fechas referidas a eventos públicos y privados ‘retrataban’ una historia de vida).

La artista nos invita así a acercarnos a estas narraciones y conectar con sus oblicuos relatos biográficos (en mi caso me sentí plenamente identificado al leer “Kickflip”). Pero, además del texto, el mismo espacio interlineal revela ser significativo al evocar los ritmos de la vida y sus intensidades variables: las distintas experiencias que nos marcan a lo largo de los años. Por ello, no resulta extraño leer referencias reiteradas al amor, los amigos, los hijos, la familia, o la realización profesional, los viajes, la muerte.

Lo lineal del soporte y su asociación al árbol —tratándose de una rama— introducen la idea de un tránsito y de secuencia cronológica (aunque no fechada), y, por ende, de crecimiento y desarrollo, algo reforzado por la extensión variable de las varas, que sugieren la experiencia vital o los años vividos. Pero, además de ello, la idea de recorrido vital es igualmente sugerida por el sonido particular de cada palo de lluvia, que depende de sus características específicas: la cantidad y el tipo de elementos que contiene, la estructura del canal interno del palo, y su longitud. Su vaivén desliza la idea del movimiento vital, en donde la oscilación del subibaja opera a la par como un guiño a la infancia (vía el juego) y como una referencia a los altibajos de la existencia.

Asimismo, en su distribución por la galería, el conjunto invita a pensar en los nexos que se establecen entre una y otra historia de vida, un aspecto clave de la muestra reforzado por el hecho de que existe un vínculo entre estas vidas metaforizadas y la propia artista.

Durante nuestro recorrido por el espacio de la galería así configurado, nos topamos con estas piezas como con distintas personas a lo largo de nuestro paso por el mundo. Está en nosotros el interactuar con ellas (las piezas y las personas). Dicha interacción puede generar sonidos de las piezas individuales, pero también un concierto de palos de lluvia: una asociación sonora entre las piezas, que da cuenta de otras asociaciones en juego, como aquellas por color, ubicación y escritura.

En ese sentido, más que trazar relatos de vida individuales, la muestra organiza una puesta en escena del descubrimiento que se produce a lo largo de la vida, manifiesto en el encuentro con el otro, lo que también implica el azar que une temporalmente las vidas —millones conviviendo simultáneamente en el planeta—. Por ello resulta clave el sonido literalmente contenido en los palos de lluvia; un concierto en latencia en el que nuestra participación generará vínculos sonoros entre una y otra pieza —entre una y otra vida—.

He ahí la fuerza de la obra de Rita Ponce de León, quien nos habla casualmente, como un conocido o un extraño, cuyo encuentro tiene el potencial de interpelarnos y transformarnos, pues nos invita a una reflexión autobiográfica, psicológica, afectiva y poética acerca de nuestro breve pero intenso —y afortunado (pese a todo)— paso por este mundo.

Galería 80m2 - Livia benavides

Malecón Pazos 252, Barranco.


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