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“Si no juega, me lo llevo”; por Jorge Barraza | OPINIÓN

“La realidad es que, en un año exacto en Cataluña, Coutinho ha disputado 46 partidos, ha tenido montañas de oportunidades para afianzarse y descollar. No pudo, ha ido cada vez peor, lo que unido al precio de su contratación genera un natural desencanto”

La realidad es que, en un año exacto en Cataluña, Coutinho ha disputado 46 partidos, ha tenido montañas de oportunidades para afianzarse y descollar

La realidad es que, en un año exacto en Cataluña, Coutinho ha disputado 46 partidos, ha tenido montañas de oportunidades para afianzarse y descollar. (Foto: EFE)

Amenazante, el representante del futbolista lanza sobre la mesa la frase perentoria: “Si no juega, me lo llevo”. El club, presionado, deberá resolver. Tendrá que mediar con el entrenador y ver. No importa el nivel de juego del futbolista, el técnico lo tiene que poner igual; si no, hay tormenta. Es una pintura del fútbol actual. Y se ve reflejada puntualmente en el FC Barcelona. Philippe Coutinho, el fichaje más caro de su historia (120 millones más 40 en objetivos, de los que ya ha alcanzado algunos, no por él), cumplió un año desde su llegada; no ha descollado en absoluto, pero al menos al principio su buena técnica comulgaba con el estilo del equipo. Y con eso iba tirando. Además, al comienzo todos somos un poco indulgentes. Sin embargo, en lugar de crecer fue bajando su rendimiento hasta un punto casi fantasmal. Y perdió el puesto con Dembelé, que ha evolucionado mucho.

La cadena Cope, de España, informó el jueves que los agentes de Coutinho –Kia Joorabchian y Giuliano Bertolucci– han llamado al club para mostrar su malestar por la situación del jugador. No entienden cómo está gestionando el técnico Ernesto Valverde al futbolista brasileño. El clásico “¡Qué vergüenza!”, “¡Qué barbaridad… Dejarlo de suplente!”. Algunos intentan justificar que, al correrlo cinco metros a la izquierda o a la derecha, el jugador no se siente cómodo y ello lo damnifica. Una zoncera. La realidad es que, en un año exacto en Cataluña, Coutinho ha disputado 46 partidos, ha tenido montañas de oportunidades para afianzarse y descollar. No pudo, ha ido cada vez peor, lo que unido al precio de su contratación genera un natural desencanto. Valverde le dio todas las posibilidades, pero debe velar por el bien del conjunto: con buen criterio lo mandó al banco. Y en algún partido, ni entre los dieciocho.

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El jugador, en esos casos, suele no decir nada en público, berrea en privado ante sus manejadores, y estos hacen que están enojadísimos. En lugar de decirle con franqueza: “Trata de hacer un gol, una jugada, algo…”, montan la comedia de la indignación. Pero se guardan de decir que costó una fortuna y no ha dado resultado. Y que pasó de cobrar 4’368.000 euros en el Liverpool a 14 millones en el Barza (por eso entró en rebeldía cuando el Liverpool no quería transferirlo). Le preguntaron a Valverde por él y volvió a acertar con una declaración: “Si un jugador no está bien, debe trabajar para revertirlo”.

Los dueños reales de los jugadores, hoy, son los representantes, no los clubes. Los clubes apenas los forman desde los 12 o 13 años, les ponen profesores, médicos, les dan pensión y un marco donde poder competir y convertirse en profesionales. Luego les hacen un jugoso contrato. Pero quienes determinan si se quedan o se van son los agentes. Así es el fútbol modelo 2019. Y no sirve intentar asegurarlos con un contrato de cinco o seis años, y tenerlos al día: si quieren irse, igual se irán. Primero estirarán la cuerda hasta el punto de romperla, después harán una declaración conveniente, por ejemplo, la mentira himalayesca de los “nuevos desafíos”, una frase marketinera pergeñada por quienes manejan la prensa y la carrera de aquellos que se van de un club a otro por motivos económicos y no deportivos. Si son deportivos, la gente lo entiende. A ningún hincha de Chacarita le caería mal que su mejor jugador quiera irse a Boca. Y a ninguno de Boca le va a parecer una traición si uno de los suyos se marcha al Real Madrid. Es la ruta normal. Coutinho estaba en el Liverpool, que es la sensación de Europa, en ningún lugar podía estar mejor; se fue porque le daban 10 millones más por año. Es libre de hacerlo, pero la titularidad se gana en la cancha.

Otra moda es que los jugadores quieren entrenadores como si fueran trajes a medida. “Quiero ir la Juventus y que me dirija fulano, porque con él soy titular siempre”. Pero es difícil que un técnico les calce perfecto a 25 profesionales. Lo lógico es que los 25 se sometan a la disciplina del jefe. El hincha exige del DT que alinee al de mejor presente. Hay 11 que están felices, otros 14 empiezan a hablar con el representante: “Este no me pone, consígueme club”. Y además de conseguirle, debe hablar con el míster para asegurarse de que lo lleve como titular.

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Por otra parte, los mánagers saben que el dinero grande está en los pases. Allí se cobran las comisiones. Giuseppe Marotta, director deportivo de Juventus, reveló el escandaloso pedazo de pastel que comió Mino Raiola por hacer de mediador en la negociación que llevó a Paul Pogba del club italiano al Manchester United: “Raiola recibió una comisión de 27 millones de euros”. Los apoderados de Ronaldo ‘Fenómeno’ fueron pioneros en esto. Descubrieron una veta lucrativa: vender muchas veces el mismo producto. Por eso lo guiaron en un viaje con muchas escalas: Cruzeiro, PSV, Barcelona, Inter, Real Madrid, Milan, Corinthians. Demasiados equipos para un supercrack. Se hicieron archimillonarios; el precio fue que Ronaldo no quedó identificado con ningún club. De haber permanecido al menos diez años en alguno, su dimensión sería mucho mayor.

Los dirigentes de los clubes, los sesgados, fueron empoderando a los representantes con una fórmula antigua, pero que funciona: el sobreprecio. En las obras públicas sirve para que las empresas, lo que cobran de más, lo transfieran a los funcionarios que les hicieron ganar las licitaciones. En el fútbol, fichar en 60 millones a un jugador que no vale ni 20 sirve para que una parte quede en el camino y retorne de manera particular a quienes ordenaron comprarlo. Ese trabajillo queda a cargo de algunos agentes. Luego, si el jugador no rinde, no es problema, se dirá que no se adaptó y se lo vuelve a vender. El que pierde es el último que lo contrata.

“A todos mis jugadores los hice millonarios”, se jactaba un empresario argentino de mucho nombre. Y se hizo millonario él, desde luego. Cabía preguntarle qué le dejó al fútbol, qué hizo por los clubes, por el semillero, generador del producto del cual se sirvió. Recordamos a un ex futbolista ecuatoriano devenido en agente quejarse en una nota periodística “por lo mal que se trabaja en las divisiones menores en Ecuador”. O sea, eso dificultaba su trabajo, había pocos para vender.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, está empeñado en reducir la participación de los contratistas. Lo están estudiando seriamente y encontrarán la manera. El vaso se llenó cuando la UEFA publicó un informe escalofriante: sumados todos los pases registrados en Europa entre el 2014 y 2017, los Jorge Mendes y Minos Raiola de este mundo se alzaron con 2.500 millones de euros en comisiones. Eso ya resultó demasiado obsceno. Por la monstruosidad del número. Y porque es dinero del fútbol que se lleva gente que no pone un centavo en la actividad, solamente saca. Y eso sin contar las ínfulas: “Si no juega, me lo llevo”.

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