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“Basta de mascotas, ya entraron muchas”; por Jorge Barraza | OPINIÓN

“Cuando el silbato suene el 14 de junio en el gigante amazónico, volveremos a vivir esta maravilla que nos honra: la Copa América. Y el mundo nos estará mirando”

“Cuando el silbato suene el 14 de junio en el gigante amazónico, volveremos a vivir esta maravilla que nos honra: la Copa América. Y el mundo nos estará mirando”

“Cuando el silbato suene el 14 de junio en el gigante amazónico, volveremos a vivir esta maravilla que nos honra: la Copa América. Y el mundo nos estará mirando”. (Foto: AFP)

La señorial y cosmopolita Buenos Aires de 1921, cuna de la Copa América, volvía a hospedar el incipiente torneo en el imponente estadio del club Sportivo Barracas, cuyo fulgor comenzó a extinguirse en los años 30. Chile había desistido de participar por problemas internos; en cambio el fútbol sudamericano saludaba el ingreso de un nuevo competidor continental: Paraguay.

El fixture no favoreció a los guaraníes, que llegaron en barco navegando el Paraná. El 9 de octubre, harían su debut absoluto nada menos que ante los uruguayos, tricampeones y grandes dominadores del escenario regional. Tres días después, se toparían con Brasil y cuatro más tarde con el anfitrión, Argentina. Terrible para un fútbol que daba allí sus primeros pasos. Nada se sabía de los guaraníes; en el Río de la Plata sobrevolaba la idea de que jugaban ‘en patas’.

Para mitigar en parte la inexperiencia, los dirigentes paraguayos hablaron con el ‘Negro’ José Laguna, mítico presidente y jugador de Huracán y también de la selección argentina de comienzos de siglo; este les dio una mano oficiando de técnico, psicólogo y guía de turismo. El ‘Negro’ era descrito como “hombre leído y de fácil palabra”.

Y llegó el gran día. Los paraguayos descendieron del bus y entraron de a uno en el estadio, atestado por 35.000 personas. Ya habían pasado más de veinte entre jugadores y allegados, por lo que el controlador de entradas sospechó y frenó al último, un chico con una boina, y le dijo: “Basta, los paraguayos ya metieron muchas mascotas”. El muchachito de 16 años y que parecía una criatura respondió humildemente: “Yo no soy mascota, señor… soy el wing izquierdo, me llamo Gerardo Rivas”, y se abrió el saco mostrando la camiseta albirroja abajo, porque Paraguay llegó cambiado al estadio. Intervino Laguna y solucionó el inconveniente.

Ya en los vestuarios, se acercó a Laguna el dirigente uruguayo Dr. Pereira Bustamante, antiguo amigo y rival en los primeros sudamericanos, para tranquilizarlo. “No te preocupés, ‘Negro’ –le dijo–, si querés les digo a mis muchachos que no aprieten tanto, para no golearlos”. Laguna lo miró feo y respondió secamente: “En la cancha somos once contra once; no les tenemos miedo y les vamos a jugar a muerte”.

La multitud argentina estaba abiertamente a favor de los paraguayos, aunque temía que les hicieran seis o siete goles.

El saque correspondió a Paraguay. Hubo un par de toques rápidos, se la pasaron a Rivas, este eludió en buen estilo a Broncini y Benincasa y se ganó una atronadora ovación. “No son tan malos”, pensó la gente, entusiasmada. A los 9 minutos sucedió lo increíble: Ildefonso López hizo un pase en cortada hacia la izquierda y el jovencito Rivas, entrando resueltamente, dejó parados a dos rivales y fusiló al arquero Casella.

La multitud invadió la cancha y lo levantó en andas; el partido estuvo suspendido 15 minutos hasta que se restableció el orden. Paraguay vencía a Uruguay. ¡Insólito! “¿Viste lo que hizo el pibe?”, se preguntaron miles de hinchas porteños. Ahí mismo quedó bautizado para siempre: el ‘Pibe de Oro’. Jugaba en Libertad y tiempo después pasó a Rosario Central. Se quedó a vivir en Rosario y durante décadas fue maestro en las inferiores centralistas. Solía contar la historia a sus pupilos. Sujeto queridísimo, siendo ya anciano se lo seguía llamando ‘El Pibe’ Rivas.

En Asunción, un gentío aglomerado frente al periódico “El Diario” recibió la noticia con euforia inusual. El telégrafo acercaba las novedades y un empleado las anotaba en una pizarra. A los 20 minutos, Ildefonso López marcó el segundo y desde ese momento se silenció el telégrafo. Hasta varias horas después no se supo el final. Había ganado Paraguay 2 a 1. Allí arrancó su fama de fútbol sencillo pero luchador y valiente. El júbilo alteró la sempiterna quietud asuncena. Hubo disparos al aire con armas de fuego, una multitud se volcó a las calles.

La deliciosa anécdota consta también en el libro “Paraguay, un siglo de fútbol”, del Dr. Miguel Ángel Bestard, diplomático e historiador futbolero, quien supo ser dirigente liberteño. Vale rescatarla del olvido.

El sorteo de la Copa América en Río de Janeiro nos devolvió el halo maravilloso de esta competencia, una idea magistral de nuestros viejos dirigentes, nacida en la época romántica del juego, cuando las tribunas con visera de corte británico albergaban damas con sombreros emplumados y caballeros con elegantes trajes oscuros. La Copa es uno de los más grandes y genuinos orgullos del fútbol criollo. Nació en 1916. En 1956 se creó la Copa Asiática, en 1960 la Eurocopa y así se fueron sumando los demás continentes.

El mencionado ‘Negro’ Laguna fue el centro de otra anécdota increíble de la Copa, que traza una pintura de aquellos años en sepia. En el primer torneo, de 1916, jugaban Argentina y Brasil; el ‘Negro’ había ido al estadio como espectador. Se encontraba en la tribuna cuando le fueron a avisar si podía bajar al vestuario. Un jugador argentino se había lesionado a último momento y jugó Laguna por él, con tan buena estrella que a los 10 minutos marcó el gol albiceleste. Fue su debut en la selección.

En ese Sudamericano de 1916 (antes no se hablaba de Copa América sino de Sudamericano), Brasil vencía a Uruguay 1 a 0 con gol del ‘Tigre’ Arthur Friedenreich, el pionero de los Pelé, Ronaldos y Romarios cuando, a los 16 minutos, debió retirarse lesionado el zaguero Orlando Pereira. Era una situación inédita, por lo cual los jugadores brasileños pidieron a los uruguayos poder reemplazarlo. El capitán oriental Jorge Pacheco se opuso: “Los cambios no están permitidos”. Con la ventaja del hombre de más, Uruguay dio vuelta al marcador y quedó a las puertas del título.

Eran tiempos en que prevalecía el honor. Y Pacheco era hombre de ley. En la edición de 1917, se produjo un suceso similar. Uruguay se consagró campeón jugando con uno menos y con el zaguero Manuel Varela ocupando el arco; el arquero Cayetano Saporiti había sido retirado 20 minutos antes del final tras un choque con el delantero argentino Alfredo Martín. Este, apenado por ello, quiso salir del campo a modo de compensación para que ambos equipos siguieran con diez hombres. Pero Pacheco se negó, manifestando que había sido una acción involuntaria, e instándolo a que continuara el juego.

Cuando el silbato suene el 14 de junio en el gigante amazónico, volveremos a vivir esta maravilla que nos honra: la Copa América. Y el mundo nos estará mirando.

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